miércoles, 30 de agosto de 2017

Cae la lluvia


El siguiente relato se puede leer también en wattpad/440707153/Cae-la-lluvia


"Se vuelve siempre donde se ha dejado algo: un beso, la piel, el alma, el conocimiento... o un trozo de corazón".
−Ernesto de la Rosa.

Dedicado a Lisa Stevens, Jane Hoffman, Alexi Bradows e Ethan Hatch.
Gracias por su amistad y confianza.

La tormenta de sus ojos tocó tierra. Era un desastre anunciado desde que despertó temprano por la mañana para llevar a sus hijos al colegio. Las nubes grises la habían perseguido todo el día apagándole el brillo de la mirada a cada segundo. La cálida sonrisa que la distinguía meses atrás, se hallaba congelada en algún lugar antártico donde se encierran los sentimientos. Ahora, de noche, el cielo de su mente estaba oscurecido por las mismas nubes. Las mejillas de Hilda, tan húmedas como la costa cuando un huracán azota las playas, acentuaban la devastación en su rostro.
     Abrió los ojos en la penumbra de su recámara. Hilda vislumbró el hilo de luz que sigiloso se arrastraba por debajo de la puerta. Había dormido a los niños con un cuento. Su voz atravesaba un profundo túnel de tristeza, aun así hacía un esfuerzo porque su eco sonara dulce. ¿Había dejado el foco encendido?, se preguntó. La angustia le arañó la piel y no quiso levantarse a apagarlo.
     Clavó las uñas en las cobijas y se tapó hasta la barbilla. Permaneció varios minutos observando los centímetros de suelo iluminados. Había polvo en el piso. Necesitaba limpiar la casa, pero la apatía era protagonista de las horas que pasaba a solas. Su propia respiración le provocó escalofríos, el corazón palpitante latía en su garganta y sentía la cara entumida.
     A pesar de que ya había pasado sola una temporada aún buscaba la compañía de su hombre todas las noches; ésta en especial, no quiso extender la mano y comprobar que efectivamente el otro la de la cama estuviera vacío. Había mañanas en las que despertaba con la nariz pegada a la almohada que una vez fuera de su compañero; todavía era capaz de percibir el leve perfume y el champú en la tela. El pesado sopor de la madrugada la arrastró al fondo del ensueño. La tranquilidad regresó a su piel.
     Un ruido en la cocina la obligó a sentarse de golpe, el mármol frío le lamió los pies descalzos cuando se apoyaron contra el suelo. El mareo le pidió volver a recostarse, pero resistió. Sabía que la presión por levantarse tan de pronto se pasaría en un par de segundos. Examinó el contorno de la puerta. La luz apagada permaneció a la expectativa. ¿Estaré soñando otra vez?, se preguntó. El abrumador silencio de las horas nocturnas alborotaba sus ideas. No era la primera vez que despertaba así, a la misma hora, con la sensación de haber llorado por horas. Las tres de la madrugada parpadeaban en el reloj digital del tocador. La tenue intermitencia roja le permitía a Hilda ver las siluetas amorfas de los muebles en la pieza.
     Aspiró profundo, soltó despacio el aire por la boca. El terapeuta repetía una y otra vez la importancia de la respiración para recobrar la calma. Sus manos temblaban, estiró los dedos hasta tocar el cajón bajo la lámpara apagada. Sus uñas sonaron en la manija metálica. No, se dijo, no necesito el medicamento. Cerró sus ojos un par de segundos y comprobó que la bahía en su mente permanecía lagañosa, pero el sol se distinguía tras los nubarrones claros. Aves de esperanza surcaban el cielo despejado, la luz y el calor volverían a su corazón algún día. Parpadeó varias veces para espantar la modorra. Se puso de pie. Con un andar lerdo llegó hasta el tocador. Su mano estiró la cortina lo suficiente para permitir la entrada de luz de la calle. El opaco farol en la banqueta emitía un resplandor amarillento.
     Un suspiro se apuró a cruzarle los labios. Las saladas marcas de la tormenta habían formado ríos blancos en sus mejillas. Una toallita húmeda le limpió la cara. Hilda se aseguró de que el empaque plástico estuviera bien cerrado. El aroma del recuerdo se presentó de improviso. Pudo oler con claridad el perfume del hombre que se había robado los mejores años de su cuerpo ahora redondeado. El cabello en su reflejo no mostraba el mismo brillo que el día de la boda; los rizos le caían secos por los hombros hasta la mitad de la espalda; las hebras una vez matizadas de escarlata se agitaban desteñidas.
     Era su color favorito. El susurro rebotó en las paredes de la habitación. Un escalofrío le trepó por la espalda. Hilda sintió una presencia en la casa. Se dio vuelta y avanzó hacia la puerta. Tomó la perilla con cautela segura de que había alguien afuera del cuarto. Pudo escuchar unos pasos ligeros atravesando la cocina, recorriendo el comedor, pasando por la sala. No delataban prisa. Un terremoto la sacudió completa; un jadeo se escapó de su boca entre abierta. ¿Ian?, preguntó en voz baja. Estaba segura de que al abrir la puerta él estaría del otro lado. Percibió una respiración tan familiar como las caricias que hacía nueve años la habían convertido en mujer. Al fin de cuentas, Ian nunca entregó las llaves. Hilda estaba segura de que él entraba a la casa mientras ella salía a trabajar. Quería creer que al otro lado de la madera reseca se hallaba el hombre a quien le había entregado cuanto tenía.
     Apretó los parpados por un minuto y con fuerza tragó saliva. Allá a la distancia, dentro de su psique, las nubes de tormenta centellaron con intensidad. El viento las empujaba de prisa para cubrir el lagañoso atardecer de su estabilidad.
     La perilla, fría como una roca en invierno, la obligó a esperar. Hilda se imaginó a sí misma metiendo la mano en las heladas aguas del océano para luego levantar la vista y encontrarse con el huracán que se aproximaba. El caótico vendaval de sus ideas le golpeó el alma. Abrió la puerta decidida a encontrar, en algún lugar de la casa, al canalla que la había abandonado, enferma y avejentada. Primero barrió con la mirada todo frente a ella, luego sus pasos recorrieron uno por uno los cuartos a través de la oscuridad de la madrugada.
     A cada paso Hilda descendía un poco más en la inmensidad de la melancolía. Para cuando llegó a la cocina, su yo interior ya se hallaba sumergido por completo en el mar de la desesperación. El tifón otra vez sacudía su mundo. Los relámpagos iban y volvían incesantemente iluminando los pequeños recuerdos felices junto a su pareja: al fondo de la sala, sobre los sillones; junto a la silla, encima de la mesa del comedor; recargada junto a la puerta del patio; contra la pared. El evocar los tirones suaves de cabello y los mordiscos húmedos la estremeció.
     Sacudió su cabeza cuando sintió ahogarse en las memorias de una pasión apagada por los años. Las lágrimas estaban atoradas en el borde de sus ojos. Las emociones se liberarían de un momento a otro. No quería perder la cabeza otra vez. Miró sus brazos a la altura de las muñecas, se distinguían dos gusanos blancos y gruesos, las marcas de una debilidad aferrada a ella. Hilda suspiró al rememorar la sangre fluyendo en esa misma cocina. El dolor se instaló en su garganta y los ojos le escocieron. El aire se condensó en sus pulmones.
     El cansancio por la falta de sueño y el agotamiento de las horas pensando en la felicidad que no regresaría, provocaron en ella el impulso de tomar una vez más el cuchillo de mango verde brillante. Lo asió con fuerza y vio reflejado su rostro cansado en la hoja plateada. Ya no tenía quince años, quién la tomaría de nuevo con la ilusión del primer amor. Ya no tenía veinte, a quién le gustaría su cuerpo embarnecido por los partos. Ya no tenía veinticinco, quién querría a una mujer que ya no puede dar más hijos.
     ¿Qué estoy haciendo?, se dijo al recordar que sus dos niños dormían al otro lado del muro.
Algo se rompió dentro. Primero fue un llanto silencioso, ligero. El calor de su cuerpo se incrementó como la punta de una bengala al acercar el encendedor; pequeña, violenta sensación hiriente. El olor de su marido había desaparecido, la sal de sus lágrimas volvió a surcarle las mejillas. El llanto aumentó de intensidad. La respiración entrecortada le dificultaba concentrarse en el presente. Los sollozos ardientes, imposibles de acallar eran chispas contrayéndole el abdomen. Se miró las manos. Las rodillas tocaron el suelo. Se dobló en dos y su frente posó sobre el azulejo, sus manos se abrazaron al estómago. Y el sonido del metal fue un susurro cuando el cuchillo cayó al suelo.
     Hilda se arrastró con toda la fuerza contenida en un puño fuera de la tempestad. En su mente, la lluvia caía con vehemencia y sin piedad sobre todo lo que ella solía ser. La arena de su playa estaba tapizada de anhelos, de sueños no cumplidos, de planes en pareja no realizados. El poderoso oleaje desvanecía todo aquello a lo que intentaba aferrarse y la arrastraba de vuelta al océano del olvido.
Se puso de pie con dificultad. No podía alejar la imagen de Ian, el calor de los besos ya pasados, la necesidad de enredarse en aquellos brazos que le habían jurado protección. Abrió la llave del fregadero y se sirvió un vaso de agua. Bebió un largo trago y cargó con medio vaso a la habitación. Las lágrimas se escurrían sin medida, los espasmos en su pecho le dificultaban ordenar las ideas. Todo resultaba confuso y borroso ante sus ojos.
     Abrió sin ganas el cajón junto a la cama. Movió los papeles, encontró lo que buscaba. Con suavidad destapó el frasco de calmantes, fieles compañeros de los últimos meses. Había logrado cicatrizar pronto la piel y la carne, pero el dolor interno seguían siendo tan ardiente como un volcán activo que con intermitencia emitía leves erupciones.
     Vació en su mano izquierda una pastilla. Sacudió el frasco, dos pastillas, tres, cuatro, cinco, diez. Se detuvo. Miró el montoncito blanquecino y devolvió todo al frasco. Empezó de nuevo. Una, dos. Dos pastillas, un poco más de la dosis recomendada, necesitaba dormir ya y dejar de pensar en lo que no sería otra vez.
     Hilda se echó ambos comprimidos a la boca y bebió agua. Se le formó un doloroso nudo en el esófago mientras intentaba dejar de llorar para que el medicamento siguiera su cauce. Se terminó el agua a pesar de la punción. El llanto estalló más bravo todavía. Las lágrimas mojaron la almohada cuando se recostó tratando de no despertar a sus hijos con el ruido. Buscó sin parar algún rastro del amor que alguna vez hizo sonrojarse a la alcoba. El aroma de la piel, los sonidos del sexo, las fantasías cumplidas entre las sábanas, las imágenes grabadas en su memoria a través del espejo situado a propósito frente a la cama. Cada pensamiento era una gota gélida que mojaba y apagaba la débil llama de su felicidad.
     Cerró los ojos. Los medicamentos hicieron efecto, gimoteó hasta cansarse. La paz y el silencio llegaron a su puerto, a la bahía de su mente. El cielo permanecía nublado, la lluvia continuaba su precipitación cada vez con mayor ligereza. El cuerpo descansaba ya. Pero la lluvia no detenía su caída.


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El relato anterior forma parte de un compendio de cuentos y relatos escritos por autoras Laguneras. 
Buscame en facebook  y envía mensaje privado si te interesa comprar una copia impresa 📕 en el enlace: Libros Claudia Soto
 

Un poco de poesía...



El siguiente poema ya está publicado en: https://goo.gl/mtHbNB. La publicación fue electrónica  en la Antología virtual de poesía contra la violencia. Exigimos PAZ

 
Nochixtlán | Claudia Marcela Soto Leyva
La boca se amarga, la náusea escala al espíritu
en las venas hierve la impotencia
el miedo hiela la esperanza
la crueldad se palpa al deslizar los dedos sobre el teléfono móvil y leer la nota.
Los pies estáticos aguardan la señal allá en la tierra del dolor
los sonidos de los disparos anunciaron un atardecer teñido de escarlata.
El país murmura, hay una sola palabra en los labios: Nochixtlán.

Brota la frustración salada de los ojos, deseo de cambio.
El dolor ajeno se atora en las gargantas, quema el respirar
en las redes cuelgan videos en los que arde un pueblo, llora la patria
las armas se accionan, la niebla cae encapsulada desde el helicóptero, lo invade todo.

Falta el aire, aguantan la respiración… el pueblo no encuentra refugio;
en los teclados, en las pantallas, se pulsa una sola palabra: Nochixtlán.

El mundo contiene el aliento; se enciende la ira, arde la indignación
sobre México se yerguen las miradas acusantes.
Los oídos están alerta al anuncio de un gobierno infame;
crimen de estado, represión del pueblo, corona de silencio.
En un susurro, viaja una sola palabra: Nochixtlán.


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martes, 22 de noviembre de 2016

La sombra del diablo

El siguiente cuento fue publicado el 18 / Noviembre / 2016 en la página de:  https://elojodeuk.com/2016/11/18/la-sombra-del-diablo/

Tenía ya bastante tiempo esperando su publicación y por fin está ahí. Lo dejo por aquí para quien guste leerlo.  Transfondo: una vez vi una nota en el periódico local que hablaba de la sombra del diablo, le propuse aun amigo escribir un cuento al respecto como "Reto Creativo" aquí está lo que salío de ese juego de escritores.


La sombra del diablo

 

Silbaba el viento entre las paredes de adobe, los muros se desintegraban poco a poco con cada vendaval, en el desierto suelen ser implacables. Las puertas no eran mas que tablas rotas tiradas sobre el suelo, de ellas ya sólo quedaba el marco de madera sujetando el rectángulo de cada entrada.  Los clavos que unían esas piezas estaban oxidados. Había partes del techo con enormes agujeros donde las vigas perdieron la fuerza para sostenerlo.
      Los relámpagos me permitieron ver, gracias a la iluminación intermitente, dentro de la construcción. Mi prima Clara había entrado unos minutos antes pero no logré encontrarla. Di vueltas por el interior de la vieja hacienda, a mitad de la nada, en medio de los campos no sembrados por falta de recursos desde hace dos décadas. Algo se movía entre las sombras que proyectaban las paredes de adobe en cada centellada de la tormenta eléctrica.  Los truenos resonaban y hacían que retumbara mi pecho a cada paso de mis pies sobre los charcos fríos.  Las manos me temblaban al sujetar el arma helándome las palmas y me congelaba el alma conforme iba convenciendo a mi mente de jalar el gatillo en cuanto ella apareciera.
     Había algo delante de mí.  Un rayo cayó próximo a la cerca de alambre de púas y maderos a escasos diez metros de la propiedad. Pude ver los cuernos en aquella silueta azabache, apareció frente a mí poco nítida y tintineante.  Distinguí la sonrisa del demonio y me pregunté qué chingados hacía ahí.
     Estuve tres años en la ciudad de Torreón, me encontré protegido del calor del verano gracias a los aparatos de aire lavado en casa de mi tía Tella. Todas las tardes al salir de clases y tomar el autobús sentía mi cuerpo derretirse mientras ocupaba el último asiento,  el calor infernal y las ventanas atoradas no permitían el paso del aire. Mareado por el sonar de las cumbias en los altavoces cerraba los ojos. El chofer pasaba los bordos sin ninguna precaución haciendo imposible tomar una siesta más de un par de segundos.
      Terminé la preparatoria, volví a tomar un autobús pero esa vez en una parada diferente, no me dirigía a casa de la tía, iba de regreso a mi lugar natal: San Pedro. El desierto me recibió dejándome, como siempre lo ha hecho, batido en sudor y con la playera pegada a la espalda. Me alegró de pronto estar lejos de los susurros del diablo que han vuelto las calles inseguras y han dejado las banquetas manchadas de sangre.  Fumé mi último cigarrillo, a mi madre no le gustaba que fumara en su casa. Exhalé el aire por la única ventanilla abierta, dejé escapar el humo, el miedo se disipó al tiempo que la mente se alejaba de las tardes tirado bajo las bancas del salón por cada balacera de los últimos seis meses. Vi a la distancia los nubarrones grisáceos que anunciaban la tolvanera, muy común en esa época del año, eran continuas en mi pueblo.
     Nada más bajar del autobús ya todo olía diferente. Caminé desde la parada por el sendero de terracería que conducía a la colonia Valparaíso. Mi casa se encontraba pasando las viejas galeras construidas antes de la revolución. Los viejos del pueblo decían en cualquier oportunidad que los fantasmas se asoman todas las noches. Los únicos fantasmas que vieron últimamente fueron a los cholos entrando a rayar las paredes adelgazadas por la historia. Todo había cambiado desde el día que me fui, hasta el letrero anunciando el nombre del poblado había desaparecido.  Las hierbas crecían con un tono sepia por donde se mirara, el atardecer teñía de cobre los cerros, las vacas flacas pastan libres atrás de los postes unidos por alambre de púas, apuntaban sus cuernos al cielo oscurecido en espera de la tolvanera.
     El silencio me acompañó hasta la entrada de la casa donde mi madre me recibió con los brazos abiertos. Mi tía debió haberle llamado y ella calculó el tiempo para encontrarse conmigo en la puerta de entrada. Estoy casi seguro que traía la misma falda de hace tres años cuando me llevó a Torreón y me dejó con su hermana Tella. Quería lo mejor para mí. Asistí a la escuela aunque sabía que mi destino era volver al pueblo. La casa no había cambiado en nada, los cuatro hijos de mi hermano seguían viviendo ahí, estaban dormidos sobre cobijas en la sala, en escalerita. Tenían once, nueve, seis y cuatro años. El calor me sofocaba pero mi jefa, con ánimos de madre, me sirvió frijoles, arroz y chile con queso; las tortillas hechas a mano eran lo mejor. Con mi tía pocas veces había comida casera.
     Pasé lo que quedaba de la tarde con ella. Entre sollozos mi madre hablaba de papá. Tenía ya tres días en la cantina y no había llevado dinero para comprar la comida. Me contó que el último año mi hermano mayor estuvo mandado los suficientes dólares para mantener a sus hijos, pero que la esposa se fue con Pablo, el vecino. Tenía ya varios meses viéndole la cara, mi madre no le había dicho nada para evitar conflictos, pero de todas maneras le encasquetaron a los chamacos.
     Eran las ocho de la noche, se había soltado el terregal justo cuando la aguja larga llegó al doce. Pude ver por la ventana las nubes relampagueantes acercarse perezosas. También, distinguí un par de camionetas que se estacionaron frente a la puerta principal. Era mi primo Chato con sus dos hermanos menores.  Él tenía veintitrés recién cumplidos, sus hermanitos debían andar  entre los quince y los dieciocho.  Me invitaron a salir con la sonrisa de quien tiene un triunfo. Alcancé a distinguir los susurros de mi madre, no vayas, dijo varias veces. Aun así decidí no hacer caso.   Extrañaba también esa parte de la familia con quien organizar las borracheras.
     ― ¿Vas a quedarte mucho tiempo? ―me preguntó el Chato mientras encendía un cigarrillo y me ofrecía otro de la cajetilla.
      ― Creo que hasta agosto.  No sé. Depende de si pasé el examen de admisión a la universidad o no ―contesté y tomé uno entre los cinco que le quedaban.
     ―Mira, qué matadito saliste. ¿Qué vas a hacer mientras?  Fíjate que te tengo un jalecillo para pasar aquí la temporada ―no quitaba la vista de la carretera, hablaba y se le escapaba el humo entre las palabras.
     ―Estaría fregón.  Necesito dinero para mi jefa.
     ―Bien, pero no se vale rajar, cabrón.
     ―Ya sabes primo, uno no es gallina.
    ―Pos órale pues. Pásale su herramienta de trabajo, Chuyito ―ordenó de inmediato el mayor de los primos.
     Mi primito, el de quince, me pasó una veintidós. Yo me petrifiqué ante la visión y el tacto del arma.  Nunca había tenido una entre las manos antes, quizás alguna vez en la feria, de esas de balines para tirarle a las figurillas de metal.
     ―Ahí tienes, wey.  Una chiquita para empezar.
     No pregunté nada, sabía que las respuestas irían llegando conforme él siguiera hablando. Se tardó un buen rato en despejar las dudas no expresadas. Cuando llegamos a la colonia vecina, nos detuvimos frente a la casa de ladrillo rojo sin enjarrar, estaba al final de la cuadra, lejecitos del resto. Al abrir la puerta se sintió el aire fresco de los aparatos de ventilación; los climas, dijeron ellos; había un montón de cachivaches electrónicos todavía en sus cajas. Estaban apilados cerca de las paredes, sospeché que eran robados, pero me aguanté las ganas de preguntar. Un ruido detrás de la puerta junto a la cocina me provocó un escalofrío, estoy seguro de que había escuchado un lamento acompañar los golpeteos.  El Chato le pidió Chuyito que trajera a las “güeras”, mi primito sacó sin dudar un six del refrigerador más grande al fondo de la cocina. Sentí la veintidós pegada a la piel a la altura de mi cadera. Tenía miedo, no lo dije pero percibí ahí también una puerta al infierno. Logré ver el demonio en los ojos del Chato cuando miró a su otro hermano, el Juan, y le dijo que sacara a las “prietas” del cuarto para que nos consintieran un rato.
     Juan obedeció sin prisa. Abrió la puerta, quitó el doble cerrojo.  Salieron entonces tres mujeres jóvenes. Reconocí a mi prima Clara. Ya debía tener dieciséis años, se le notaba en las curvas ya formadas de las caderas que no tenía cuando me fui.  Sus ojos eran tristes, el Chato le ordenó sentarse en mis piernas, luego me apuntó con la pistola al verme recular.
     ―No me rechaces la invitación, primo.  Necesito que te quedes aquí y cuides a estas prietitas mientras nosotros vamos a cobrar un encargo del patrón, necesitan comer, ir al baño y esas mamadas que las viejas tienen que hacer fuera del cuarto.
     Las chicas tienen los ojos hinchados de tanto llorar, pero se tragan el llanto en presencia de mis primos.
     ―Te vamos a dar tres mil pesos para empezar.
     ―No quiero ―contesté.
     Me aventó seis billetes de quinientos y se salió con Juan.
     ―Tú quédate aquí, hasta que el primo se acostumbre ―dijo el mayor desde la puerta.
     El pequeño Chuy y yo nos quedamos ahí, en la sala.  Le pregunté por qué hacían eso, me contestó. Se empinó la lata de cerveza clara y se la terminó de un jalón, pude ver su garganta moverse, apenas se le notaba la nuez y ya bebía como un campeón. No tenía ni tres pelos de bigote. Las chicas comieron lo primero que encontraron en el refrigerador. Murmuraban algo que no entendí, pero sé que tenían miedo porque no dejaban de vernos.  El Chuy les apuntó con el arma.
     ―Dejen de chismiar y háganme un sándwich ya que están ahí.
     Mi prima Clara lo hizo y se lo dio de mala gana, parecía haberse quedo muda. Yo bebí, sospeché que si intentaba irme el primo me dispararía sin dudarlo. Me guardé los billetes en el pantalón. Vi como el Chuy se chupaba todo un doce él solo, no parecía mareado, todavía tenía la mirada astuta.
     ―Ey, wey. Vigila a la Clara, yo me voy a chingar a estas dos. Y si quieres te las presto al rato cuando termine, aunque ni aguantan nada ―tenía una sonrisa cínica. Ya no quedaba nada de inocencia en sus palabras.  Se llevó a las dos mujeres a empujones.
     La casa olía a mostaza, no le pusieron la tapa al bote. Clara se me acercó y me dio un sándwich de jamón con queso. Escuché el zumbido de los aparatos de aire para distraerme de su figura. La luz dio un bajón y todo se apagó de pronto. El corazón cabalgaba en la garganta. El sonido del viento me puso nervioso, saqué la pistola por temor al silencio que se produjo de improvisto. Un relámpago me dejó ver a Clara correr hacia la puerta de entrada. La puerta se abrió y yo me quedé paralizado, desconcertado.  No estaba seguro de lo que pasaba.  Me levanté e intenté seguirla, la vi huir hacia las galeras, se metió en el llano.
     La puerta de la habitación se abrió, mi primo Chuy no tría ni calzones.
     ―No dejes que se vaya, wey.  Alcánzala.
     ―¿Y qué hago  cuando la alcance? ―grité desde la banqueta.
    ―Pues le metes un plomazo si no puedes arrastrarla de regreso ―la frialdad de su voz me indicó la seriedad del asunto. Tuve que ir por ella.
    Divisé a Clara entrar a la galera más cercana. Mi abuelo decía que perteneció a la familia Fernández, y que cuando él era niño había una carnicería en ese sitio.  Antes de eso, dijo una vez mi maestro de primaria, la finca había servido como base militar durante la revolución. Yo, desde que tengo memoria, la vi siempre deshabitada, con los años más derruida.
     Corrí tras ella. Escuché los cascos de un caballo golpetear sobre la tierra.  Miré a mi alrededor, no había nadie.  Recordé a mi hermano mayor contando haber visto un jinete sin cabeza en alguna borrachera hace años. Dizque era a un general de la revolución a quien ejecutaron en el patio de la galera. No me importó, el aire me azotaba la cara y me la llenaba de arena. Estaba tan fuerte que levantaba gravilla, amenazaba con dejarme ciego pero aún distinguí a Clara entrando al edificio. Las ventanas superiores todavía tenían rejillas de metal oxidado. Los nubarrones negro-azulados ya estaban sobre nosotros, las gotas de lluvia descendieron esporádicas y cautelosas, se estrellaron contra la tierra ardiente y el petricor se desprendió del suelo para inundarlo todo.
     Volví a escuchar al caballo galopar hacia mí. Levanté la cabeza. Sólo había oscuridad en el llano de hierba crecida.  Me estremecí ante los recuerdos de las historias de terror contados por mi padre.  Los fantasmas rondaban mis recuerdos, contaban que llegada la hora de la muerte aparecían por doquier. Mi mamá también mencionó alguna vez la presencia de una sombra. Otros  aseguraban que era “la sombra del diablo”. Las leyendas abundaban, pero yo le tenía más miedo al arma asida entre mis dedos.
            Entré en la galera con la pistola bien agarrada. Un sonido de cadenas que se arrastraban me acobardó. Continué avanzando titubeante.  Escuché un estornudo.
            ―Oye, Clara. Si vienes conmigo nos vamos para la casa y le pido la camioneta a Pepe para irnos a Torreón, ¿cómo ves? ―sabía que no podríamos huir, pero traté de convencerla para llevarla conmigo―.  Mira, no nos hemos visto en un buen, pero te aseguro que no soy como esos idiotas.
            No me respondió, escuché sus pasos alejarse por la parte trasera, la escuché recorrer el pasillo largo que atravesaba la construcción, la madera crujió bajo su peso. Olí la lluvia mojarlo todo enfrente de mí, ahí donde el techo se había caído ya. Entraba el agua con libertad sin pudor.  Trastabillé por el lodo en el suelo.
            ―Clara… ―grité, pero ella no respondió.
Había algo delante de mí. Un rayo cayó próximo a la cerca que rodeaba la propiedad vecina. Pude ver los cuernos en aquella silueta azabache apareciendo. Percibí la sonrisa del demonio y me pregunté qué chingados hacía siguiendo a mi prima. ¿Por qué volví a mi pueblo? Tenía todo resuelto allá en Torreón.
     No quise darle la espalda a esa cosa. Me fallaron las piernas pero aun así conseguí disparar con las dos manos al frente. Intenté controlar los temblores. Las balas atravesaron la silueta. Pude ver los ojos de la criatura iluminarse con un relámpago más. Era la misma mirada que había visto en Juan. Era la misma mirada reflejada en los ojos de mi primo mayor. No era humana, solo reflejaba el odio y la maldad.
         Pum. Pum. Pum. Pum.
         Se acabaron las balas. Seguro los disparos se habían confundido con los truenos, nadie los habría escuchado en el pueblo. No me importó en realidad. Me di la vuelta y me dispuse a correr. El helado metal de unas cadenas espectrales me aprisionaron por el cuello y sujetaron mi brazo, del que colgaba el arma. Las ataduras espectrales me jalaron hacia atrás, yo intenté resistirme. No lo logré, mis pies cedieron ante la fuerza descomunal de la sombra a mis espaldas.
        Vi mi cuerpo quedarse en su lugar, las cadenas siguieron arrestándome. Vi cómo me desplomé sobre el lodo y el escombro. Mi corazón se había detenido, nunca tuve tanto miedo. El sonido de cadenas se alteró, había decenas de almas atadas a la sombra cornuda. Seguí sin ver su rostro completo. Vi a mi prima a través del portal de la entrada correr hacia Valparaíso. Distinguí que su cabeza giraba y su rostro rebozaba de miedo. Vio mi cuerpo tirado entre las vigas y los pedazos de techo con la pistola aún en la mano. Se santiguó y desapareció bajo la lluvia.
            Yo sólo pude ver la sombra del diablo arrastrarme a la oscuridad...


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Sobre la Autora: Claudia Marcela Soto Leyva (Gómez Palacio, Durango, 1987) – De profesión docente, trabaja para la SEP. Desde pequeña gusta de la lectura, sus autores favoritos son Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft y Anne Rice. Escuchar música Rock.  En su tiempo libre dirige patidas de Juegos de Rol (Vampiro, Hombre Lobo, D&D. En el 2012 fue nominada como finalista en el II concurso de relatos cortos XECC, y en 2015  la editorial AlGamar publicó su novela “Tracy, ser inmortal”. Colaboró en la revista Estepa del Nazas No. 61 (Abril, 2016).  Actualmente, participa en el Taller de Literatura del Teatro Isauro Martínez acargo del profesor Saúl Rosales. 

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Bueno, espero que les haya gustado. Les encargo dejar un comentario al final de la  entrada :)

jueves, 8 de octubre de 2015


Muy pronto estará a la venta...






La vida de un joven vampiro negado a abandonar su pasado mortal, envuelto en las garras de los vampiros más viejos...

miércoles, 12 de agosto de 2015

Julie y Scott





Julie despertó en su habitación, el lugar antes cálido entre las sábanas, a su lado, hoy se encontraba vacío, su sensación de desconcierto se convirtió en un profundo sentimiento de soledad y dolor...

 Se levantó de la cama, encendió la luz para ahuyentar la oscuridad, miró el tocador y se percató con sorpresa de que la cajetilla arrugada, que contenía los cigarrillos de Scott, continuaba ahí, medio llena, el cenicero con algunas colillas, pero el aroma a humo se había desvanecido por completo hacía ya días. Cerro los ojos e intentó recordar su rostro, pero solo podía atraer a su mente esa mirada tan llena de un suplicante cariño que le regalaba cada vez que se encontraban, una mirada que rogaba un poco de verdadero amor... 

Se sintió miserable al encontrarse sujetando la vieja cajetilla y añorando esa piel cálida que envolvía el cuerpo atlético de quien fuera su amante tantas noches en secreto...
 
Tomó un encendedor y saco cuidadosamente un cigarro, percibió un nudo en su garganta, le ardieron los ojos, pero ya no quedaban lágrimas para llorar su partida. El calor de la llama la hizo retroceder, acercó su cara con el cigarrillo entre los labios. Estaba segura que casi podía oler el amor de Scott al respirar el humo. Mientras se ataba las agujetas de las botas, se dio cuenta que no había forma de reemplazarlo, salió de su departamento y se fumó su tristeza...

miércoles, 4 de junio de 2014

EL CONCILIO DE LOS GANGREL





El viento frío corta mi piel, las rocas no son capaces de protegerme de la nieve que congela mis huesos… Hace rato que dejé de sentir los dedos de pies y manos, pero mi condición me permite seguir a pesar de que mis músculos no deberían responderme. Estoy cansado y el ascenso  es complicado, las rocas bajo mis pies se sueltan constantemente y tengo miedo de caer…


¿Cómo llegué aquí?.. Me pregunto mientras aferro lo más fuerte que puedo mis dedos a las piedras que encuentro más resistentes, sé que mis garras facilitarían el trabajo, pero ¿por qué gastar mis energías místicas de esa forma cuando la fortaleza de mi cuerpo me permite continuar de esta manera? Aunque, llevo todo el día sin avanzar a buen ritmo por esta pendiente donde el aire sopla golpeando con fuerza, castigando mi piel expuesta, no tenía idea que el frío pudiese afectarme de tal manera. Debí haber errado el camino en algún punto los primeros días de asenso o en la  caída de ayer, sin embargo no puedo rendirme, allí arriba están las respuestas que he estado buscando, alguien debe saber cualquier cosa que me ayude continuar con esta existencia que cada día se vuelve más miserable.


La luna brilla ya muy alto en el cielo, pasa de la media noche, pero mi vista es  mejor que hace algunos años, cuando aún era mortal y puedo ver claramente casi en la completa oscuridad.  El viento cesa poco a poco y antes del amanecer el cielo está completamente despejado… Veo una grieta a unos metros por la izquierda y me introduzco hábilmente en ella.  La inclinación parece perfecta, ningún rayo de sol podría tocarme.  A veces vienen a mi mente esos pensamientos deprimente sobre si la bestia dentro de mi ser permitiría que mi existencia terminara de aquella manera, bajo el ardiente sol de un brillante amanecer, pero el peso del sueño sobrenatural me embarga de tanta pereza que no puedo moverme. La idea desaparece cuando cierro los párpados y me doy cuenta que no sería prudente irme de este mundo con tantas dudas sobre el porqué existo de esta manera...

Abro mis ojos y continúo el ascenso... los dos días que me faltaban pasan rápidamente y ahora puedo ver la cima, pero mi piel ha tomado un tono azulado por el frío y la sangre tan helada que he bebido las últimas noches, una vez que las liebres  y los conejos mueren solo se mantienen calientes pocos minutos, es curioso que una vez que los muerdo olvidó rápidamente el cosquilleo de su sedoso pelaje en mi nariz lo único que me queda es el placentero efecto que deja la sangre recorriendo mi lengua, mi garganta y luego llenando mi organismo muerto. 

¡Vaya!, me sorprende encontrar aquí arriba una zona tan tupida de pinos, rocas amontonadas y ...  ¿pozos?, unas excavaciones profundas y angostan bajo los árboles, con ¿objetos personales dentro? Parecen más unas madrigueras...  Entre el agradable aroma a bosque puedo percibir el humo de madera abrasada, persigo mis instintos que me obligan a avanzar cautelosamente sobre la nieve, es una ligera capa que en un par de días se habrá derretido, pero me ayuda a que mis pasos sean menos audibles. 

Sobre una roca hay una chica con las vestiduras desgarradas, sus pantalones tienen hoyos en las rodillas y están deshilados y desteñidos por el uso, su playera son jirones colgando de sus hombros, su cabello alborotado y rizado recogido en una coleta, de su cuello cuelga un dije de una banda de rock moderna, eso me indica lo joven que es, y también me dice que ella no tendrá ninguna respuesta para mi. Puedo ver fácilmente que lleva la sangre de mi linaje por las marcas de animales en su cuerpo, sus uñas son oscuras como las mías, pero están curvas como las de un águila, y sus ojos tienen algo peculiar que no logro identificar, pero me parecen curiosos. 

Hay otras dos personas, uno de los dos hombres parece viejo, un vagabundo de pelo enredado y sucio,  pero sus ropas me dicen que cuando vivo disfrutaba de la moda de los ochentas.  Por su parte, el otro hombre fue convertido en inmortal cuando mediaba los veinte y su corte de cabello, rapado a los costados con las puntas largas teñidas de verde me comprueban que no debe tener más de cinco años como vampiro. El viejo vagabundo tiene cuatro enormes colmillos sobresaliendo de su boca, dos arriba y dos abajo como un perro; y el punk tiene un exceso de vello en las orejas. Me pregunto cómo hacen para que las personas no los noten.

¡Diablos!, solo somos nosotros por ahora, hay muchas posibilidades que lleguen otros pocos a este concilio anual en que no muchos muestran interés en las últimas décadas según mi Sire, ni siquiera el se digna a asistir, siempre ha dicho que hay cosas mejores que hacer, pero si el no sabe nada sobre nosotros, lo único que me queda es esperar que alguien tenga disposición, sabiduría y paciencia responda a mis preguntas. 

Mientras la impaciencia derrumba mi tranquilidad, los tres se reúnen rodeando el fuego y escucho con atención su plan para atraer a un grupo de zorros de nieve que vieron cerca de ahí para conseguir sangre tibia.  Cuando se van a buscar esos animales, me aproximo a un grupo de rocas apiladas, como si fueran una tumba, y veo las marcas con nombres en ellas, símbolos, runas y fechas.  Las más recientes me dicen que en la última reunión hubo al menos ocho. Con algo de suerte llegarán más.

Me alejo en silencio y permito que mi cuerpo se desintegre despacio en partículas de tierra, me fusiono con el suelo pedregoso y puedo sentir el abrazo acogedor del mundo, de la naturaleza, al tiempo que el sueño me embarga y me obliga a dormitar antes del alba.