martes, 22 de noviembre de 2016

La sombra del diablo

El siguiente cuento fue publicado el 18 / Noviembre / 2016 en la página de:  https://elojodeuk.com/2016/11/18/la-sombra-del-diablo/

Tenía ya bastante tiempo esperando su publicación y por fin está ahí. Lo dejo por aquí para quien guste leerlo.  Transfondo: una vez vi una nota en el periódico local que hablaba de la sombra del diablo, le propuse aun amigo escribir un cuento al respecto como "Reto Creativo" aquí está lo que salío de ese juego de escritores.


La sombra del diablo

 

Silbaba el viento entre las paredes de adobe, los muros se desintegraban poco a poco con cada vendaval, en el desierto suelen ser implacables. Las puertas no eran mas que tablas rotas tiradas sobre el suelo, de ellas ya sólo quedaba el marco de madera sujetando el rectángulo de cada entrada.  Los clavos que unían esas piezas estaban oxidados. Había partes del techo con enormes agujeros donde las vigas perdieron la fuerza para sostenerlo.
      Los relámpagos me permitieron ver, gracias a la iluminación intermitente, dentro de la construcción. Mi prima Clara había entrado unos minutos antes pero no logré encontrarla. Di vueltas por el interior de la vieja hacienda, a mitad de la nada, en medio de los campos no sembrados por falta de recursos desde hace dos décadas. Algo se movía entre las sombras que proyectaban las paredes de adobe en cada centellada de la tormenta eléctrica.  Los truenos resonaban y hacían que retumbara mi pecho a cada paso de mis pies sobre los charcos fríos.  Las manos me temblaban al sujetar el arma helándome las palmas y me congelaba el alma conforme iba convenciendo a mi mente de jalar el gatillo en cuanto ella apareciera.
     Había algo delante de mí.  Un rayo cayó próximo a la cerca de alambre de púas y maderos a escasos diez metros de la propiedad. Pude ver los cuernos en aquella silueta azabache, apareció frente a mí poco nítida y tintineante.  Distinguí la sonrisa del demonio y me pregunté qué chingados hacía ahí.
     Estuve tres años en la ciudad de Torreón, me encontré protegido del calor del verano gracias a los aparatos de aire lavado en casa de mi tía Tella. Todas las tardes al salir de clases y tomar el autobús sentía mi cuerpo derretirse mientras ocupaba el último asiento,  el calor infernal y las ventanas atoradas no permitían el paso del aire. Mareado por el sonar de las cumbias en los altavoces cerraba los ojos. El chofer pasaba los bordos sin ninguna precaución haciendo imposible tomar una siesta más de un par de segundos.
      Terminé la preparatoria, volví a tomar un autobús pero esa vez en una parada diferente, no me dirigía a casa de la tía, iba de regreso a mi lugar natal: San Pedro. El desierto me recibió dejándome, como siempre lo ha hecho, batido en sudor y con la playera pegada a la espalda. Me alegró de pronto estar lejos de los susurros del diablo que han vuelto las calles inseguras y han dejado las banquetas manchadas de sangre.  Fumé mi último cigarrillo, a mi madre no le gustaba que fumara en su casa. Exhalé el aire por la única ventanilla abierta, dejé escapar el humo, el miedo se disipó al tiempo que la mente se alejaba de las tardes tirado bajo las bancas del salón por cada balacera de los últimos seis meses. Vi a la distancia los nubarrones grisáceos que anunciaban la tolvanera, muy común en esa época del año, eran continuas en mi pueblo.
     Nada más bajar del autobús ya todo olía diferente. Caminé desde la parada por el sendero de terracería que conducía a la colonia Valparaíso. Mi casa se encontraba pasando las viejas galeras construidas antes de la revolución. Los viejos del pueblo decían en cualquier oportunidad que los fantasmas se asoman todas las noches. Los únicos fantasmas que vieron últimamente fueron a los cholos entrando a rayar las paredes adelgazadas por la historia. Todo había cambiado desde el día que me fui, hasta el letrero anunciando el nombre del poblado había desaparecido.  Las hierbas crecían con un tono sepia por donde se mirara, el atardecer teñía de cobre los cerros, las vacas flacas pastan libres atrás de los postes unidos por alambre de púas, apuntaban sus cuernos al cielo oscurecido en espera de la tolvanera.
     El silencio me acompañó hasta la entrada de la casa donde mi madre me recibió con los brazos abiertos. Mi tía debió haberle llamado y ella calculó el tiempo para encontrarse conmigo en la puerta de entrada. Estoy casi seguro que traía la misma falda de hace tres años cuando me llevó a Torreón y me dejó con su hermana Tella. Quería lo mejor para mí. Asistí a la escuela aunque sabía que mi destino era volver al pueblo. La casa no había cambiado en nada, los cuatro hijos de mi hermano seguían viviendo ahí, estaban dormidos sobre cobijas en la sala, en escalerita. Tenían once, nueve, seis y cuatro años. El calor me sofocaba pero mi jefa, con ánimos de madre, me sirvió frijoles, arroz y chile con queso; las tortillas hechas a mano eran lo mejor. Con mi tía pocas veces había comida casera.
     Pasé lo que quedaba de la tarde con ella. Entre sollozos mi madre hablaba de papá. Tenía ya tres días en la cantina y no había llevado dinero para comprar la comida. Me contó que el último año mi hermano mayor estuvo mandado los suficientes dólares para mantener a sus hijos, pero que la esposa se fue con Pablo, el vecino. Tenía ya varios meses viéndole la cara, mi madre no le había dicho nada para evitar conflictos, pero de todas maneras le encasquetaron a los chamacos.
     Eran las ocho de la noche, se había soltado el terregal justo cuando la aguja larga llegó al doce. Pude ver por la ventana las nubes relampagueantes acercarse perezosas. También, distinguí un par de camionetas que se estacionaron frente a la puerta principal. Era mi primo Chato con sus dos hermanos menores.  Él tenía veintitrés recién cumplidos, sus hermanitos debían andar  entre los quince y los dieciocho.  Me invitaron a salir con la sonrisa de quien tiene un triunfo. Alcancé a distinguir los susurros de mi madre, no vayas, dijo varias veces. Aun así decidí no hacer caso.   Extrañaba también esa parte de la familia con quien organizar las borracheras.
     ― ¿Vas a quedarte mucho tiempo? ―me preguntó el Chato mientras encendía un cigarrillo y me ofrecía otro de la cajetilla.
      ― Creo que hasta agosto.  No sé. Depende de si pasé el examen de admisión a la universidad o no ―contesté y tomé uno entre los cinco que le quedaban.
     ―Mira, qué matadito saliste. ¿Qué vas a hacer mientras?  Fíjate que te tengo un jalecillo para pasar aquí la temporada ―no quitaba la vista de la carretera, hablaba y se le escapaba el humo entre las palabras.
     ―Estaría fregón.  Necesito dinero para mi jefa.
     ―Bien, pero no se vale rajar, cabrón.
     ―Ya sabes primo, uno no es gallina.
    ―Pos órale pues. Pásale su herramienta de trabajo, Chuyito ―ordenó de inmediato el mayor de los primos.
     Mi primito, el de quince, me pasó una veintidós. Yo me petrifiqué ante la visión y el tacto del arma.  Nunca había tenido una entre las manos antes, quizás alguna vez en la feria, de esas de balines para tirarle a las figurillas de metal.
     ―Ahí tienes, wey.  Una chiquita para empezar.
     No pregunté nada, sabía que las respuestas irían llegando conforme él siguiera hablando. Se tardó un buen rato en despejar las dudas no expresadas. Cuando llegamos a la colonia vecina, nos detuvimos frente a la casa de ladrillo rojo sin enjarrar, estaba al final de la cuadra, lejecitos del resto. Al abrir la puerta se sintió el aire fresco de los aparatos de ventilación; los climas, dijeron ellos; había un montón de cachivaches electrónicos todavía en sus cajas. Estaban apilados cerca de las paredes, sospeché que eran robados, pero me aguanté las ganas de preguntar. Un ruido detrás de la puerta junto a la cocina me provocó un escalofrío, estoy seguro de que había escuchado un lamento acompañar los golpeteos.  El Chato le pidió Chuyito que trajera a las “güeras”, mi primito sacó sin dudar un six del refrigerador más grande al fondo de la cocina. Sentí la veintidós pegada a la piel a la altura de mi cadera. Tenía miedo, no lo dije pero percibí ahí también una puerta al infierno. Logré ver el demonio en los ojos del Chato cuando miró a su otro hermano, el Juan, y le dijo que sacara a las “prietas” del cuarto para que nos consintieran un rato.
     Juan obedeció sin prisa. Abrió la puerta, quitó el doble cerrojo.  Salieron entonces tres mujeres jóvenes. Reconocí a mi prima Clara. Ya debía tener dieciséis años, se le notaba en las curvas ya formadas de las caderas que no tenía cuando me fui.  Sus ojos eran tristes, el Chato le ordenó sentarse en mis piernas, luego me apuntó con la pistola al verme recular.
     ―No me rechaces la invitación, primo.  Necesito que te quedes aquí y cuides a estas prietitas mientras nosotros vamos a cobrar un encargo del patrón, necesitan comer, ir al baño y esas mamadas que las viejas tienen que hacer fuera del cuarto.
     Las chicas tienen los ojos hinchados de tanto llorar, pero se tragan el llanto en presencia de mis primos.
     ―Te vamos a dar tres mil pesos para empezar.
     ―No quiero ―contesté.
     Me aventó seis billetes de quinientos y se salió con Juan.
     ―Tú quédate aquí, hasta que el primo se acostumbre ―dijo el mayor desde la puerta.
     El pequeño Chuy y yo nos quedamos ahí, en la sala.  Le pregunté por qué hacían eso, me contestó. Se empinó la lata de cerveza clara y se la terminó de un jalón, pude ver su garganta moverse, apenas se le notaba la nuez y ya bebía como un campeón. No tenía ni tres pelos de bigote. Las chicas comieron lo primero que encontraron en el refrigerador. Murmuraban algo que no entendí, pero sé que tenían miedo porque no dejaban de vernos.  El Chuy les apuntó con el arma.
     ―Dejen de chismiar y háganme un sándwich ya que están ahí.
     Mi prima Clara lo hizo y se lo dio de mala gana, parecía haberse quedo muda. Yo bebí, sospeché que si intentaba irme el primo me dispararía sin dudarlo. Me guardé los billetes en el pantalón. Vi como el Chuy se chupaba todo un doce él solo, no parecía mareado, todavía tenía la mirada astuta.
     ―Ey, wey. Vigila a la Clara, yo me voy a chingar a estas dos. Y si quieres te las presto al rato cuando termine, aunque ni aguantan nada ―tenía una sonrisa cínica. Ya no quedaba nada de inocencia en sus palabras.  Se llevó a las dos mujeres a empujones.
     La casa olía a mostaza, no le pusieron la tapa al bote. Clara se me acercó y me dio un sándwich de jamón con queso. Escuché el zumbido de los aparatos de aire para distraerme de su figura. La luz dio un bajón y todo se apagó de pronto. El corazón cabalgaba en la garganta. El sonido del viento me puso nervioso, saqué la pistola por temor al silencio que se produjo de improvisto. Un relámpago me dejó ver a Clara correr hacia la puerta de entrada. La puerta se abrió y yo me quedé paralizado, desconcertado.  No estaba seguro de lo que pasaba.  Me levanté e intenté seguirla, la vi huir hacia las galeras, se metió en el llano.
     La puerta de la habitación se abrió, mi primo Chuy no tría ni calzones.
     ―No dejes que se vaya, wey.  Alcánzala.
     ―¿Y qué hago  cuando la alcance? ―grité desde la banqueta.
    ―Pues le metes un plomazo si no puedes arrastrarla de regreso ―la frialdad de su voz me indicó la seriedad del asunto. Tuve que ir por ella.
    Divisé a Clara entrar a la galera más cercana. Mi abuelo decía que perteneció a la familia Fernández, y que cuando él era niño había una carnicería en ese sitio.  Antes de eso, dijo una vez mi maestro de primaria, la finca había servido como base militar durante la revolución. Yo, desde que tengo memoria, la vi siempre deshabitada, con los años más derruida.
     Corrí tras ella. Escuché los cascos de un caballo golpetear sobre la tierra.  Miré a mi alrededor, no había nadie.  Recordé a mi hermano mayor contando haber visto un jinete sin cabeza en alguna borrachera hace años. Dizque era a un general de la revolución a quien ejecutaron en el patio de la galera. No me importó, el aire me azotaba la cara y me la llenaba de arena. Estaba tan fuerte que levantaba gravilla, amenazaba con dejarme ciego pero aún distinguí a Clara entrando al edificio. Las ventanas superiores todavía tenían rejillas de metal oxidado. Los nubarrones negro-azulados ya estaban sobre nosotros, las gotas de lluvia descendieron esporádicas y cautelosas, se estrellaron contra la tierra ardiente y el petricor se desprendió del suelo para inundarlo todo.
     Volví a escuchar al caballo galopar hacia mí. Levanté la cabeza. Sólo había oscuridad en el llano de hierba crecida.  Me estremecí ante los recuerdos de las historias de terror contados por mi padre.  Los fantasmas rondaban mis recuerdos, contaban que llegada la hora de la muerte aparecían por doquier. Mi mamá también mencionó alguna vez la presencia de una sombra. Otros  aseguraban que era “la sombra del diablo”. Las leyendas abundaban, pero yo le tenía más miedo al arma asida entre mis dedos.
            Entré en la galera con la pistola bien agarrada. Un sonido de cadenas que se arrastraban me acobardó. Continué avanzando titubeante.  Escuché un estornudo.
            ―Oye, Clara. Si vienes conmigo nos vamos para la casa y le pido la camioneta a Pepe para irnos a Torreón, ¿cómo ves? ―sabía que no podríamos huir, pero traté de convencerla para llevarla conmigo―.  Mira, no nos hemos visto en un buen, pero te aseguro que no soy como esos idiotas.
            No me respondió, escuché sus pasos alejarse por la parte trasera, la escuché recorrer el pasillo largo que atravesaba la construcción, la madera crujió bajo su peso. Olí la lluvia mojarlo todo enfrente de mí, ahí donde el techo se había caído ya. Entraba el agua con libertad sin pudor.  Trastabillé por el lodo en el suelo.
            ―Clara… ―grité, pero ella no respondió.
Había algo delante de mí. Un rayo cayó próximo a la cerca que rodeaba la propiedad vecina. Pude ver los cuernos en aquella silueta azabache apareciendo. Percibí la sonrisa del demonio y me pregunté qué chingados hacía siguiendo a mi prima. ¿Por qué volví a mi pueblo? Tenía todo resuelto allá en Torreón.
     No quise darle la espalda a esa cosa. Me fallaron las piernas pero aun así conseguí disparar con las dos manos al frente. Intenté controlar los temblores. Las balas atravesaron la silueta. Pude ver los ojos de la criatura iluminarse con un relámpago más. Era la misma mirada que había visto en Juan. Era la misma mirada reflejada en los ojos de mi primo mayor. No era humana, solo reflejaba el odio y la maldad.
         Pum. Pum. Pum. Pum.
         Se acabaron las balas. Seguro los disparos se habían confundido con los truenos, nadie los habría escuchado en el pueblo. No me importó en realidad. Me di la vuelta y me dispuse a correr. El helado metal de unas cadenas espectrales me aprisionaron por el cuello y sujetaron mi brazo, del que colgaba el arma. Las ataduras espectrales me jalaron hacia atrás, yo intenté resistirme. No lo logré, mis pies cedieron ante la fuerza descomunal de la sombra a mis espaldas.
        Vi mi cuerpo quedarse en su lugar, las cadenas siguieron arrestándome. Vi cómo me desplomé sobre el lodo y el escombro. Mi corazón se había detenido, nunca tuve tanto miedo. El sonido de cadenas se alteró, había decenas de almas atadas a la sombra cornuda. Seguí sin ver su rostro completo. Vi a mi prima a través del portal de la entrada correr hacia Valparaíso. Distinguí que su cabeza giraba y su rostro rebozaba de miedo. Vio mi cuerpo tirado entre las vigas y los pedazos de techo con la pistola aún en la mano. Se santiguó y desapareció bajo la lluvia.
            Yo sólo pude ver la sombra del diablo arrastrarme a la oscuridad...


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Sobre la Autora: Claudia Marcela Soto Leyva (Gómez Palacio, Durango, 1987) – De profesión docente, trabaja para la SEP. Desde pequeña gusta de la lectura, sus autores favoritos son Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft y Anne Rice. Escuchar música Rock.  En su tiempo libre dirige patidas de Juegos de Rol (Vampiro, Hombre Lobo, D&D. En el 2012 fue nominada como finalista en el II concurso de relatos cortos XECC, y en 2015  la editorial AlGamar publicó su novela “Tracy, ser inmortal”. Colaboró en la revista Estepa del Nazas No. 61 (Abril, 2016).  Actualmente, participa en el Taller de Literatura del Teatro Isauro Martínez acargo del profesor Saúl Rosales. 

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Bueno, espero que les haya gustado. Les encargo dejar un comentario al final de la  entrada :)

jueves, 8 de octubre de 2015


Muy pronto estará a la venta...






La vida de un joven vampiro negado a abandonar su pasado mortal, envuelto en las garras de los vampiros más viejos...

miércoles, 12 de agosto de 2015

Julie y Scott





Julie despertó en su habitación, el lugar antes cálido entre las sábanas, a su lado, hoy se encontraba vacío, su sensación de desconcierto se convirtió en un profundo sentimiento de soledad y dolor...

 Se levantó de la cama, encendió la luz para ahuyentar la oscuridad, miró el tocador y se percató con sorpresa de que la cajetilla arrugada, que contenía los cigarrillos de Scott, continuaba ahí, medio llena, el cenicero con algunas colillas, pero el aroma a humo se había desvanecido por completo hacía ya días. Cerro los ojos e intentó recordar su rostro, pero solo podía atraer a su mente esa mirada tan llena de un suplicante cariño que le regalaba cada vez que se encontraban, una mirada que rogaba un poco de verdadero amor... 

Se sintió miserable al encontrarse sujetando la vieja cajetilla y añorando esa piel cálida que envolvía el cuerpo atlético de quien fuera su amante tantas noches en secreto...
 
Tomó un encendedor y saco cuidadosamente un cigarro, percibió un nudo en su garganta, le ardieron los ojos, pero ya no quedaban lágrimas para llorar su partida. El calor de la llama la hizo retroceder, acercó su cara con el cigarrillo entre los labios. Estaba segura que casi podía oler el amor de Scott al respirar el humo. Mientras se ataba las agujetas de las botas, se dio cuenta que no había forma de reemplazarlo, salió de su departamento y se fumó su tristeza...

miércoles, 4 de junio de 2014

EL CONCILIO DE LOS GANGREL





El viento frío corta mi piel, las rocas no son capaces de protegerme de la nieve que congela mis huesos… Hace rato que dejé de sentir los dedos de pies y manos, pero mi condición me permite seguir a pesar de que mis músculos no deberían responderme. Estoy cansado y el ascenso  es complicado, las rocas bajo mis pies se sueltan constantemente y tengo miedo de caer…


¿Cómo llegué aquí?.. Me pregunto mientras aferro lo más fuerte que puedo mis dedos a las piedras que encuentro más resistentes, sé que mis garras facilitarían el trabajo, pero ¿por qué gastar mis energías místicas de esa forma cuando la fortaleza de mi cuerpo me permite continuar de esta manera? Aunque, llevo todo el día sin avanzar a buen ritmo por esta pendiente donde el aire sopla golpeando con fuerza, castigando mi piel expuesta, no tenía idea que el frío pudiese afectarme de tal manera. Debí haber errado el camino en algún punto los primeros días de asenso o en la  caída de ayer, sin embargo no puedo rendirme, allí arriba están las respuestas que he estado buscando, alguien debe saber cualquier cosa que me ayude continuar con esta existencia que cada día se vuelve más miserable.


La luna brilla ya muy alto en el cielo, pasa de la media noche, pero mi vista es  mejor que hace algunos años, cuando aún era mortal y puedo ver claramente casi en la completa oscuridad.  El viento cesa poco a poco y antes del amanecer el cielo está completamente despejado… Veo una grieta a unos metros por la izquierda y me introduzco hábilmente en ella.  La inclinación parece perfecta, ningún rayo de sol podría tocarme.  A veces vienen a mi mente esos pensamientos deprimente sobre si la bestia dentro de mi ser permitiría que mi existencia terminara de aquella manera, bajo el ardiente sol de un brillante amanecer, pero el peso del sueño sobrenatural me embarga de tanta pereza que no puedo moverme. La idea desaparece cuando cierro los párpados y me doy cuenta que no sería prudente irme de este mundo con tantas dudas sobre el porqué existo de esta manera...

Abro mis ojos y continúo el ascenso... los dos días que me faltaban pasan rápidamente y ahora puedo ver la cima, pero mi piel ha tomado un tono azulado por el frío y la sangre tan helada que he bebido las últimas noches, una vez que las liebres  y los conejos mueren solo se mantienen calientes pocos minutos, es curioso que una vez que los muerdo olvidó rápidamente el cosquilleo de su sedoso pelaje en mi nariz lo único que me queda es el placentero efecto que deja la sangre recorriendo mi lengua, mi garganta y luego llenando mi organismo muerto. 

¡Vaya!, me sorprende encontrar aquí arriba una zona tan tupida de pinos, rocas amontonadas y ...  ¿pozos?, unas excavaciones profundas y angostan bajo los árboles, con ¿objetos personales dentro? Parecen más unas madrigueras...  Entre el agradable aroma a bosque puedo percibir el humo de madera abrasada, persigo mis instintos que me obligan a avanzar cautelosamente sobre la nieve, es una ligera capa que en un par de días se habrá derretido, pero me ayuda a que mis pasos sean menos audibles. 

Sobre una roca hay una chica con las vestiduras desgarradas, sus pantalones tienen hoyos en las rodillas y están deshilados y desteñidos por el uso, su playera son jirones colgando de sus hombros, su cabello alborotado y rizado recogido en una coleta, de su cuello cuelga un dije de una banda de rock moderna, eso me indica lo joven que es, y también me dice que ella no tendrá ninguna respuesta para mi. Puedo ver fácilmente que lleva la sangre de mi linaje por las marcas de animales en su cuerpo, sus uñas son oscuras como las mías, pero están curvas como las de un águila, y sus ojos tienen algo peculiar que no logro identificar, pero me parecen curiosos. 

Hay otras dos personas, uno de los dos hombres parece viejo, un vagabundo de pelo enredado y sucio,  pero sus ropas me dicen que cuando vivo disfrutaba de la moda de los ochentas.  Por su parte, el otro hombre fue convertido en inmortal cuando mediaba los veinte y su corte de cabello, rapado a los costados con las puntas largas teñidas de verde me comprueban que no debe tener más de cinco años como vampiro. El viejo vagabundo tiene cuatro enormes colmillos sobresaliendo de su boca, dos arriba y dos abajo como un perro; y el punk tiene un exceso de vello en las orejas. Me pregunto cómo hacen para que las personas no los noten.

¡Diablos!, solo somos nosotros por ahora, hay muchas posibilidades que lleguen otros pocos a este concilio anual en que no muchos muestran interés en las últimas décadas según mi Sire, ni siquiera el se digna a asistir, siempre ha dicho que hay cosas mejores que hacer, pero si el no sabe nada sobre nosotros, lo único que me queda es esperar que alguien tenga disposición, sabiduría y paciencia responda a mis preguntas. 

Mientras la impaciencia derrumba mi tranquilidad, los tres se reúnen rodeando el fuego y escucho con atención su plan para atraer a un grupo de zorros de nieve que vieron cerca de ahí para conseguir sangre tibia.  Cuando se van a buscar esos animales, me aproximo a un grupo de rocas apiladas, como si fueran una tumba, y veo las marcas con nombres en ellas, símbolos, runas y fechas.  Las más recientes me dicen que en la última reunión hubo al menos ocho. Con algo de suerte llegarán más.

Me alejo en silencio y permito que mi cuerpo se desintegre despacio en partículas de tierra, me fusiono con el suelo pedregoso y puedo sentir el abrazo acogedor del mundo, de la naturaleza, al tiempo que el sueño me embarga y me obliga a dormitar antes del alba.  

viernes, 22 de marzo de 2013

T. E. C.= SESIÓN 6 - La Riqueza del Detalle

     Las reglas de oro para escribir:

  1. Sé preciso; cuida los detalles
  2. Usa todos tus sentidos
  3. Sé concreto
  4. No abuses de las grandes palabras (abstractas)
  5. Asegúrate del orden lógico
  6. Piensa en el sabor que esperas y que quieres. 

B) INSTRUCTIVO PARA BESAR

No todos los besos son iguales, pues hay besos para los amigos, besos para la pareja, besos para los niños, para un familiar y hasta para las mascotas.  Además, los besos también tienen motivos: saludar, despedirse, dar cariño afecto, expresar ternura, desahogo la tristeza, entre otros.  Los besos, pueden ser ruidosos, silenciosos, húmedos o secos, largos o cortos. Sin embargo, cuando pensamos en besar, viene a nuestra mente un momento especial en el que nuestros labios tocan la piel de otra persona, y hay una emoción que nos invade. 

En el caso de un hijo que va saliendo de casa, la madre lo toma por el rostro, se acerca de prisa y besa la mejilla o la frente a su pequeño (porque para las madres no importa la edad,  hijos siempre serán sus pequeños), brevemente, con dolor en su corazón por ver partir a su niño  y con angustian en sus palabras de despedida al dejar partir a un pedazo de su ser.  Sus labios se presionan y normalmente hacen un sonido parecido a un chasquido. 

Si hablamos de dos amantes, frente a frente, después de un largo día, encontraremos que al verse los invade un ansia atroz por sentirse cerca. Veremos que la alegría reduce la fatiga y desvanece la sensación de vacío que tenían al estar lejos.  Sus manos se encuentran y se estrechan, se envuelven mutuamente entre los brazos y al mirarse a los ojos, el calor recorre sus cuerpos.  Las manos de ambos exploran el cuerpo del otro, recorren la espalda y llegan al cuello para luego tocar la cara y el cabello.   Uno de los dos acerca sus labios a los de su pareja y es ahí cuando se produce el beso. Al abrir ambos los labios y restregrarlos contra los del otro, se obtiene un beso que resulta húmedo, cálido y confortante.

En tanto los besos de saludo y despedida entre amigos o familiares, suelen estar acompañados de un abrazo o un apretón de manos, junto aun ligero impulso para acercarse a la otra persona.  Es emotivo, sincero y breve.  Las dos personas que se besan, intentan hacerlo al mismo tiempo, por lo que es frecuente que ninguno de los dos roce sus labios con el otro, y se produzca solo un embarre de cachetes, una mejilla de cada besante se encuentren al tiempo que los labios se levantan en trompa y se produce el  chasquido de un beso, sin que los labios toquen al otro.   De lo contrario, las dos partes besantes se turnan para colocar sus labios breve y rápidamente en la mejilla del otro. 

 Los besos a las mascotas, se producen cuando hay una demostración de afecto hacia el animal.  La persona que los besa puede o no estrecharlo entre sus brazos, levantar los labios en trompa, hacer un ruido de succión de aire que en ocasiones parece tronar.  No importa si es un gato, un perico o un perro, el resultado es una experiencia peluda. 

miércoles, 20 de marzo de 2013

SESIÓN 5 - Taller de Escritura Creativa - Guijosa y Hiriart

El PROCESO DE CREACIÓN toma varios pasos...
... Es posible que tengamos un monton de obstáculos que hay que enfrentar para escribir, pero si en verdad queremos escribi, no hay pretextos.  Depende de nosotros mismos darnos el tiempo y vivir el proceso creativo por comleto, o conformarnos con textos inacabados (fragmento pag. 39)


Pasos:
1) Caos e ideas... palabras que acuden a nuestra mente.
2) Sentarse a escribir... ordenar, desarolla los puntos (1er. borrador)
3) Criticar. Revisar.  Leer en voz alta (fluidez).   Podar.   Quita lo que no ofrezca nada importante.  Dejar lo fundamental, lo que describe.
4) -Limpieza y claridad.  Pulir detalles, revisión de letras, comas... ver que diga lo que deseamos decir.
5) Revisión por parte d etus amigos y conocidos para veificar detalles. 

***Siguiendo los pasos anteriores dejo el paso 5 para aquellso que leen este texto.   Espero que a alguien le sirvan estos pasos en un futuro.  Hice el 1, 2, 3 y 4; te pido me apoyes con el 5 ;) ***

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LA BRUJA DEL FUEGO 

1ra parte


     Faltan un par de horas para el amanecer, he arribado a esta pequeña comunidad de Haití llamada Lafond.  Apenas abrirse la puerta del avión, la brisa cálida se cuela y el fresco aire de la refrigeración comienza a desaparecer.  



Desciendo lentamente al ver que el piloto se baja sin decir una palabra, supongo entonces que el vuelo privado que me han brindado no incluye cortesía ni buenos modales.  Me paralizo a la mitad de la escalerilla,sorprendida ante la belleza del cielo despejado que se extiende sobre mi, al darme cuenta de la claridad con la que se aprecian las estrellas, estoy segura que en Nueva York jamás sería posible una vista así.  Suspiro. Percibo el aire cargado con un aroma a tierra húmeda, hay silencio abrumador.

Al bajar la mirada me encuentro con algo totalmente diferente a lo que esperaba, no hay más aviones en el lugar, no es precisamente el aeropueto que esperaba ver.  Hay un único edificio de una planta con una torre adjunta.  La pista de aterizaje es solamente tierra aplanada con un par de luces que marcan el camino que el avión debe recorrer.   

Un hombre me espera junto aun auto sin capote para dos personas.  Estoy acostumbrada a ver afroamericanos, pero este hombre me parece peculiar, por lo que durante el recorrido observo sus enormes ojos oscuros, sus grandes labios, su cabello corto muy rizado, lo ancho de su nariz, entonces me doy cuenta que sus facciones se ven así por su extrema delgadez.  Su rostro, además de cansado, luce enfermo.  Llega a mí el olor a sudor a través de su ropa de manta con hilos de colores en los bordes. 

Estoy nerviosa.  Veo al menos a seis sujetos vestidos como militares parados al rededor del edificio, todos ellos con la misma apariencia enfermiza.  Ninguno me dirige la mirada.  Dirijo mi mirada a través del ventanal y al otro lado de la puerta principal veo la estrecha carretera pavimentada, y justo al otro lado, aparcado con las luces apagadas, está un deportivo azul marino con placas norteamericanas, lo que me indica que han llegado a recogerme es la insignia circular en la puerta delantera del coche.  

Mientras cruzo la carretera, la puerta trasera del auto se abre y baja Eathan, tan impecable como de costumbre, con sus pantalones de vestir y su camisa bien planchada, a esta hora no lleva corbata ni saco.  No me había dado cuenta de lo bien que le van las puntas azules que le a ha pintado a su cabello rubio, haciendo resaltar sus ojos azul cielo. Su mirada tiene un destello de sarcasmo al darme la bienvenida con una mueca de sonrisa forzada.  Sin más me pide entrar en el coche.  Cuando sube se recarga en la puerta apenas cerrarla y me mira fijamente, tiene la expresión de alguien que está a la espectativa y alerta a cada movimiento que hago.   

      - Pensé que nunca volvería a verte - dice al fin con sus palabras cargadas de molestia, casi como si deseara que no estuviera aquí.

     - Nathaniel hizo hasta lo imposible para que volviera- contesto de prisa como una excusa, no, más bien como defensa.

       -Bien, pues entonces vamos a verlo - responde tranquilamente miando mis manos cuando aprieto la maleta para evitar que se caiga.  No es capaz de ocultar la desconfianza que me tiene.

     Escucho que el motor se enciende, en la parte delantera hay un joven con traje de mozo, el mismo que había visto en los sirvientes que Nathaniel empleaba para la de Nueva York.  Lleva su gorro negro con linea blanca en la vicera y el distintivo con la insignia familiar en la solapa del saco.

El silencio entre Eathan y yo se vuelve insoportable cada minuto que pasa mientras el auto avanza y él continua con su mirada fija en mi. Trato de no prestarle atención y miro por la ventanilla el recorrido por el camino de tierra que hemos tomado.  A la distancia se alcanzan a ver las luces que macan los linderos de la civilización, mientras a la orilla del camino veo varias chozas que parecieran inhabitables para alguien como yo que viene de la gran ciudad.  Son pequeñas y construidas con tablas de madera y lámina en el techo. 

Me encierro en mis pensamientos sobre el día de ayer, me recuerdo caminando por las anchas aceras de Nueva York

Las luces que se divisan más allá de la hierba crecida parecen dos grandes fogatas, sobre el campo cubierto por pastizal que alcanza casi el metro de alto se ve el humo y las sombras de algunas personas a la distancia junto al fuego.  He escuchado que hay regiones de Haití que aún mantienen prácticas vudú y hechicería antigua, quizás estén...


El auto se detiene de pronto, Eathan se baja y me hace una señal para que lo siga, me bajo con cuidado de que no se levante la falda, me ajusto la camisa y compruebo que aún está fajada dentro de la falda, me paso las manos por el cabello intentando alisarlo con los dedos. Tomo aire y lo sostengo unos segundos, luego sujeta mi maleta con las dos manos.    Antes de seguir a Eathan, me detengo a contemplar la extraordinaria mansión frente a mí.  Sus muros exteriores son lisos, parecieran estar hechos de mármol negro en una sola pieza, sus dos plantas tienen un acabado exquisito en los bordes.  A primera vista, da la impresión de estar frente aun antiguo templo griego, con dos grandes pilares sosteniendo el techo del pórtico y otros varios más grandes en las esquinas. 

En la puerta de entrada me detengo en seco al ver en el recibidor, de pie junto a una mesa circular con florero, a Allison, la otra protegida de Nathaniel.  No se ve diferente a la última vez que nos vimos, lleva su cabello castaño en una coleta alta hacia atrás, usa un pantalón negro ajustado y una blusa negra de tirantes,  el cinturón de tela rosa amarrado a su cintura con un doble nudo resalta a la vista.  Si fuera posible, aseguraría que ha perdido un par de kilos,  pero debe ser el maquillaje y lo ajustado de su ropa lo que la hacer parecer más delgada.    No es capaz de ocultar el odio en sus ojos al verme titubear en el portal.  Estoy casi segura que sabe de mi traición, su mirada me dice que ella sabe que soy la razón por la que tuvieron que huir y venir a Haití, estoy casi segura de que Eathan también sabe que fui yo la que inició el incendio en la biblioteca durante el ataque de la pandilla.  Se me acerca con una sonrisa fingida, e imagino las mil y una formas en la que planea mi muerte por haberlos traicionado, pero me sorprende con su falso abrazo y sus palabras de recibimiento.  Quizás me mire así por otro motivo y soy yo la que está exagerando, sin embargo,la piel se me heriza y la sangre se me hela cuando la oigo hablar y aún nomeha soltado.

-Por fin en casa, Silvia - me lo dice muy bajito cerca del oido. Luego se sepaa y me toca el hombro con su mano derecha - Me preocupaba no saber de ti, pensé que habías muerto en la explosión hasta que Nathaniel nos dijo que estabas bien. - dice con una sonrisa.  Sé que miente pero le sigo el juego.

-Pensé en ustedes todos los días, deseaba volver a verte y poder platicar.

- Te ves muy bien para haber estado tanto tiempo sola en esa ciudad del demonio, rodeada por esos salvajes... - hace una pausa, espera mi reacción.  

Trato de parecer tranquila, pero me inquietan sus palabras, no sé si ha notado que mis piernas tiemblan de pronto.  - No estuve sola.- La interrumpo antes que continúe.  

Allison se da la vuelta y mira hacia la sala, oigo unas pisadas pero al recorrer el sitio con mi vista, no veo a nadie.  Solo está el piso pulido de superficie reflejante que me muestra los detalles del grabado en las paredes.  Al fondo d la estancia está la alfombra roja que combina con las cortinas oscuras y gruesas del ventanal cerca de la escalera.  El reloj de pie a la izquierda tiene un péndulo que se balancea silencioso y los sillones con detalles floreados me recuerdan al papel tapiz de mi departamento en Nueva York. 

Algo llama mi atención, dirijo mi mirada hacia la escalera, ahí, sujetando el barandal, se encuentra Nathaniel, con su rostro pálido, su piel color perla; sus ojos oscuros me examinan detenidamente; su negrísimo cabello está manchado con lineas blancas, se mueve al ritmo que baja la escalera.  Suelto mi maleta y me apresuro hacia él.  Lo abrazo energicamente, aprieto los ojos y aspiro la fragancia seca de la loción que usa desde el día que nos conocimos.  

Me acaricia suavemente la espalda con su mano derecha y me hace una ligera presión, luego la sube a mi cabeza y retrocede. Levanto la cara para ver su rostro, un rostro perfectamente rasurado, esboza una leve sonrisa al ver que mis ojos se llenan de lágrimas.

- Allison, muéstrale a Silvia la habitación que hemos preparado.  - Su voz es dura y áspera.  Sin mirarme continúa: - Silvia, bienvenida a casa.  Ahora está apunto de amanecer, nos veremos más tarde.  Descansa. 

Nathaniel baja de prisa sin esperar a que le conteste, tenía ganas de decirle cuanto lo he hechado de menos, pero si lo hago se me quibraría la voz, así que decido guardármelo para más tarde.  Veo a Eathan y Allison juntos al pie de la escalera.  Allison carga mi equipaje, al ver desaparecer a nuestro mentor tras las puertas de hoja doble que conducen a un estudio, dice con una voz chillona: -Eathan, consigue un extinguidor, ha llegado la Bruja del Fuego. 












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