jueves, 26 de abril de 2012

JULIE STHORM - Inmortal


A los veinte un años fui convertida en vampiro. Cuando mi creador me lo dijo pensé: Patrañas, ¿Qué tonterías está diciendo este gordo asqueroso? Primero, casi me mata, me droga, me hace beber sangre a la fuerza y ahora se suelta diciendo un montón de...

     Después de darme cuenta que todo lo que decía el hombre era verdad, no me quedó más remedio que aceptar que en verdad me había dejado medio muerta, y que de no haber sido por mi “fino” carácter, la noche que conocí a Jimmy hubiera terminado realmente muerta en alguna callejuela del centro de la ciudad.

      Era un sábado por la madrugada, los muchachos y yo habíamos asistido a un concierto de punk en una bodega del viejo centro, todos estábamos ebrios.   Al salir, teníamos tan mal aspecto que ningún maldito taxi quiso recogernos.  En aquella época mi cara estaba llena de aros y aretes.  El piercing en mi lengua brillaba en la oscuridad de mi boca, todos podían verlo cuando la abría para reír a carcajadas por las tonterías que decíamos.

     Una de las pandillas fuera de la puerta del local donde los “Flame Bringers” habían dado su concierto nos estaban mirando, parecían que se burlaban de mi amigo Mike quien no podía sostenerse en pié por sí mismo y se había vomitado las botas, la mayoría de ellos eran menores que cualquiera de nosotros, el más grande parecía de dieciocho años. Cuando se retiraban del sitio pasaron cerca de nosotros, y uno me empujó haciendo que mi espalda golpeara el anuncio luminoso de cigarros en la parada de autobuses y taxis. 

            Ya que era la única chica entre ellos, mis amigos comenzaron a gritarles maldiciones.  Los jovencitos comenzaron a correr, y los idiotas de mis acompañantes los persiguieron, recogiendo piedras, botellas y otras cosas que encontraron tiradas en  la orilla de la banqueta.  No me quise quedar atrás y los seguí recogiendo un par de rocas grandes, era eso, o sacar la navaja que aún suelo cargar en mi bota.

     El alcohol afectó gravemente mi puntería, la primera piedra que lancé calló en los pies de Alan, uno de mis amigos, y la segunda se impactó en el vidrio trasero de un auto de lujo que se hallaba detenido en el semáforo.  Los muchachos siguieron la persecución mientras yo me detuve un segundo a mirar la ventanilla rota, algo me parecía familiar en el automóvil, al darme cuenta de que se trataba del dueño de uno de los casinos más grandes de la ciudad supe que estaba muerta si no comenzaba a correr, pues todos en las calles sabían que era un negocio de la mafia.

      Tal y como lo pensé, no se quedaron de brazos cruzados.  El auto me siguió hasta un crucero donde me cerró el pasó, haciéndome caer cuando intentaba cambiar de dirección y seguir escapando.  Las cuatro puertas se abrieron, de la delantera se bajó un hombre alto, vestido de traje azul petróleo, con un arma en la mano, me apuntó con ella diciendo: ─“No te muevas”─. Su voz era de alguien maduro, pasando los treinta.

     Estaba aterrorizada, me sentía totalmente perdida cuando vi salir a un hombre chaparro, vestido de traje color hueso, hacia juego con el sombrero estilo Fedora.  Parecía molestó y movía entre sus manos una baraja de naipes, partiendo y barajándola.  En su boca tenía una sonrisa escalofriante, dientes afilados le daban una apariencia depredadora, su panza era grande y redonda.

     Me dijo con una voz grave: ─Pequeña humana, ¿Quién te has creído para romper la ventana de mi auto y pensar que te dejaríamos ir solo así?─ Se levantó el sombrero y dejo que viera sus ojos oscuros.

     Fue un milagro que no me orinara del miedo en ese momento.  Sacó una carta de la baraja y me dijo: ─Dejémoselo a la suerte─.  Sonrió dejando ver sus dientes afilados como los de una piraña, miró la carta por un par de segundos y continuó: ─Tienes mucha suerte pescadito─ Se subió al auto.

     Me puse de pie pensando que me había librado de sus manos, mis piernas aún temblaban y seguro estaba pálida sudando frió.  Pensé que podría irme en ese momento hasta que exclamó con tono irritado: ─ ¿Qué demonios están esperando inútiles? Súbanla ahora. ─ No importó cuanto me resistí, eran tres guardaespaldas entrenados, y yo una simple pandillera.  Cuando me metieron al carro vi que el hombre no había dejado de sonreír, y sostenía el As de espadas en sus gordas manos, de un codazo en la cara me hizo perder el conocimiento, fue tan rápido que no tuve tiempo de sentir el dolor del golpe, solo la oscuridad.

     Cuando abrí los ojos me hallaba atada de pies y manos en el suelo, sobre una alfombra, cerca de mí estaba un escritorio, y podía ver unos zapatos negros y un pantalón muy blanco. 


Era exageradamente fuerte, me tomo de un brazo y me levantó para dejarme caer sobre su escritorio.   El resto es tan repulsivo que no quiero decírtelo porque seguro te haría vomitar.   Resumiré ese episodio de mi vida diciéndote que sus manos estaban marcadas en mi pecho, mi espalda y piernas, mi boca estaba adolorida por el golpe que me dio después que lo mordí en una pierna cuando me puso debajo del escritorio.   En verdad lo hice enojar.

Se tiró sobre mí al ver que no cooperaría y me susurró al oído algo así como: ─Me gusta tu actitud muchachita, esa flama que arde en tu interior debe mantenerse encendida por toda la eternidad. ─

Después de eso volvía escupirle, y luego me mordió el pecho con sus enormes colmillos.  Una descarga de placer me recorrió el cuerpo, una sensación de goce inigualable.  Pero en esos momentos, vi su boca llenándose de sangre, sabía que estaba muriendo cuando me sentí débil y las cosas a mi alrededor perdieron su color.

Sentía mi propio pulso en la garganta, primero agitado, luego lento, cada vez más lento, hasta que casi se detuvo mi corazón por completo.  Nunca me había sentido tan vacía.  Mantuve mis ojos cerrado en el último minuto de mi vida, esperaba ver el túnel de la muerte y la luz al final, pero no aparecía.

Sangre tibia  comenzó a correr por mi garganta, abrí mis ojos.  Aún estaba sobre mí, la sangre le corría por la muñeca, tenía mi navaja en su otra mano.  No sé porqué en ese momento me pareció que el miedo, la ansiedad y la sed desaparecían al beber de él, así que me aferre a su brazo pegando mi boca en la herida y bebí  hasta que el me quitó.

Un espasmo me sacudió, fue como si me hubieran colocado el desfibrilador en el pecho a la máxima potencia, una y otra vez, hasta que me sentí agotada de luchar contra los movimientos de mi cuerpo.  Me levanté sobre las rodillas y recuerdo claramente haberlo visto sentarse en su escritorio a mirarme en silencio. 

Grité varias veces: ─ Basta, por favor, basta. Detente, ya no puedo más─.  Esperando que me diera un tiro en la cabeza o en el corazón.

Cuando dejé de retorcerme dijo en voz baja:
─Ahora eres mi pequeña pirañita, Julie, hija de Jeremy “El Tiburón”, a partir de hoy eres un vampiro, y hay muchas cosas que debo enseñarte.

Así fue mi transformación, Jimmy pensó que me portaría mejor con él después de tres meses instruyéndome en lo más básico, cuándo, cómo y dónde comer sin mostrarle a nadie mi verdadera naturaleza.  Mis amigos me dieron por muerta.  Y de cierta manera, lo estaba. 

Fui a ver a mi banda un año después, y no pude evitar beber de mis dos mejores amigos hasta que quedaron inconscientes, a pesar de que mi creador me dijo que no les dijera nada, no tenía porque obedecer al gordinflón en todo lo que pedía.  Esa travesura aún es un secreto, el día en que les confesé lo que era y dormí en mi antiguo departamento.

La inmortalidad no es tan buena como creía, me he tenido que sacar las balas aún calientes del estómago con los dedos para que las heridas puedan sanarse rápido, no espiro y en invierno tengo que tener cuidado porque mi cuerpo parece un tempano de hielo.  Sin embargo no puedo hacer nada más que existir… Comenzaré a vivir de nuevo cuando “El Tiburón” considere que estoy lista y me regrese mi libertad, aunque viendo las cosas desde su punto de vista podrían pasar décadas para eso.

Mientras tanto, lo molesto tanto como es posible, sin arriesgarme a que vuelva a ponerme yeso en los pies y me tire a la cisterna dejándome bajo el agua toda las semana, ya lo ha hecho, y estar sola en la oscuridad es lo peor que puede pasarme.

La inmortalidad tiene sus ventajas, pero por ahora diré que es una existencia de secretos, solitaria y fría hasta que bebes la tibia sangre de un humano.

jueves, 19 de abril de 2012

SER INMORTAL


La noche llega fría y oscura a Iron Heaven, una ciudad de monumentales rascacielos construidos de cristal, granito y estructuras de hierro en su interior. El bullicio de los automóviles mientras transito por las calles hace del silencio un vago recuerdo de aquellas noches en que un vampiro, como yo, solía caminar en solitario, en la quietud de las tinieblas de la ciudad y cazar a los desprevenidos humanos después que el reloj marcaba las diez.

Soy capaz de percibir en el aire ese olor que distingue a las  grandes metrópolis y al que la mayoría ya se ha acostumbrado, sin embargo, a mí aun me parece sumamente molesto; el aroma a gasolina quemada, desperdicios y asfalto caliente, han convertido el arte de conseguir sangre humana tibia en una tarea complicada, pues esperar en la oscuridad de un apestoso callejón paso a ser un proceso complicado, pues las enormes pantallas que cuelgan de los edificios del centro eliminan toda privacidad llenando con su luz hasta el más alejado rincón.

Recuerdo que solía salir de casa pasadas las nueve de la noche, momento en que las calles se hallaban poco concurridas y eso me permitían atravesar rápidamente las siete manzanas que se interponían entre mi hogar y el parque central.  Al entrar en él gozaba al respirar el aire perfumado a flores y pasto mojado, sentir el viento fresco colarse entre los árboles mientras permanecía sentado por horas en una banca junto al lago de los patos, en el claro, a mirar las brillantes estrellas y la resplandeciente luna.

 Hoy en día, esa luz natural de los astros es opacada por las lámparas eléctricas en las aceras, los espectaculares aluzados y los radiantes anuncios de los negocios en toda la ciudad, además del smog que forma esa capa delgada de humo gris cerca de las nubes, impidiéndonos contemplar el firmamento. 

Ahora camino entre la gente que se amontona en las esquinas para cruzar la calle, quizás me equivoque ya que el sueño diurno me mantiene ignorante de lo que pasa durante el día, pero es como sí la gente prefiriera la noche para caminar, hacer las compras y pasar un buen rato con los amigos, lo que me obliga a cubrir mi rostro con unas gafas grandes y guardo mis pálidas manos en los bolsillos.

Al sentirme cansado de la agitación del centro, busco un lugar más silencioso, donde cualquier incauto esté a merced de la muerte a manos de los asaltantes o las mías… Sí, en el área industrial o la zona rosa me parecen perfectas, ambos, sitios donde en caso de cometer un crimen no sería muy llamativo.  No es muy difícil tener suerte ahí,  es sencillo seguir el rastro del aroma a sangre en el aire proveniente de alguna victima de asalto en las callejuelas, en “La Zona” ni siquiera los policías intervienen, pues existe lo que los humanos llaman “justicia callejera”.

El deterioro social me ha dejado un amargo sabor en la boca con el transcurrir de las décadas, no solamente por la sangre con restos de drogas y hormonas que estoy obligado a beber, pues no queda un solo trago limpio ni siquiera en los niños de toda la maldita ciudad; me enferma el saber que mi raza y mi nombre han sido olvidado. 

Los humanos resultan más peligrosos y sanguinarios hacia ellos mismos de lo que las criaturas de la noche pudieron llegar a ser en antaño, personalmente creo que me queda más moral y conciencia que todos los humanos juntos pueden tener.

Me resulta risible lo superficial que el mundo se ha vuelto, su concepto de dolor y sufrimiento han traspasado las fronteras de la realidad, el mal que una persona puede causarle a otra se distorsiona y los lleva a alcanzar niveles de atrocidad más allá de mi comprensión inmortal. 

Suelo imaginar que algún día despertaré de la pesadilla que representa estar rodeado de la desesperanza y el orgullo de esos seres, su pobre vida es corta y la desperdician en banalidades. Cuando menos lo esperan, la existencia se les ha esfumado frente al ordenador, se hallan muriendo en solitario, sin que su amigo virtual pueda ayudarlos. 

Los humanos más jóvenes inmersos en la tecnología, son presa fácil de la muerte, distraídos con sus aparatos, colgados de la red las veinticuatro horas del día, ni siquiera recuerdan lo que es la compañía, las palabra a un amigo, se vuelven cada vez menos expresivos, los emoticonos son su única forma de externar sentimientos. 

Todo ello me hace sentir viejo y miserable, ya no queda gente afable, quizás sea el único que sonríe y le desea las buenas noches a los transeúntes en esta época.

Me he mesclado entre los chicos para disfrutar de la “buena vida” como lo llaman ellos, regreso antes del amanecer a mi refugio.  Siempre veo a la misma prostituta de hace diez años, sigue intentando que me la lleve por un par de dólares, quizás alguna de estas noches la convierta en mi cena. Mientras paso a su lado me doy cuenta que es de las pocas precavidas que se mantienen sanas, quizás sea por que pasa de los treinta que sigue viva, pues las jovencitas tienen finales realmente trágicos antes de cumplir los veinte.

¿A qué le temen hoy en día los humanos? Todos sus pobres miedos se han vuelto realidad, obligándolos a ser más salvajes y primitivos cada día sin importar que tanto hayan evolucionado. El sistema social que alguna vez pudo llevarlos al éxito, hoy los sumerge en la miseria. Y quizás soy de los pocos seres que camina sobre la tierra que aún conserva sus miedos, atrapado en la conciencia de otra época, en el cuerpo y la mente de otra era, donde era importante hacer el bien y le temíamos al ser supremo omniviente que podía castigarnos con solo pensarlo.

Entre los míos, los seres eternos, muchos se han dejado llevar por la ola de la nueva era, sumergiéndose hasta el cuello por la porquería capitalista y la sus relaciones en la inestable situación política, la mayoría de esos vampiros han terminado por acabar con sus miserables existencias de placeres desmedidos y lujos insanos, al no poder escapara de la corrupción humana.

Resulta pintoresco encontrarse viviendo entre todo ello, estoy seguro de que parte de mi esencia se ha dejado llevar por ese estilo de vida, en el que me deleito sentado en la mesa de algún antro viendo los cuerpos delgados de las mujeres de mundo, en el que mi existencia es un susurro, pues los mitos sobre nosotros han desaparecido, nadie recuerda nuestro apodo, y los registros en los archivos electrónicos son cada vez menos consultados. 

¿Quién lo diría? Durante la inquisición nos escondíamos para no ser encontrados y evitar el fuego, y hoy muchos quieren ser tomados en cuenta y sentirse alabados como en antaño.

 Tengo la esperanza de que cómo todas las eras, está también sea temporal, y todo vuelva a ser como en mis tiempos, que alguno de ellos quite sus ojos de las pantallas y vuelva al mundo físico, se tope con nosotros y se gane el respeto suficiente para merecer la inmortalidad.

Hoy es mi día de suerte, veo a esa linda chica de cabellos en punta, pintados de rojo, de piercing en la ceja, en el labio y en la nariz, quien se aferra a mantener su identidad.  Lleva unos audífonos de diadema conectados al mp4 en la bolsa del pantalón, como la mayoría.  Saca un cigarrillo, lo enciende justamente cuando paso a su lado, aspira profundo, y deja salir algo del humo por su nariz.

            ¿Qué hora es, amiga?─ Digo deteniéndome, con la esperanza de que su sangre no esté enferma.

            Me mira sorprendida, a pesar de mis ciento ochenta años de vida, mi cuerpo se mantiene con su apariencia de adolescente, al morir tenía apenas 20 años. Dando una profunda fumada, mira su reproductor y contesta soltando el aire por la boca:

            Son casi las cinco y media, hermano.

            ¿Hermano?, eso si me sorprende.  Le echo un vistazo de cerca y me percato de que estaba en un error. No soy tan afortunado.

            Gracias, chica.

            ─Suerte para la próxima─ me dice sonriendo y mostrando sus blanquísimos colmillos.

            Sí, suerte para la próxima, solo alguien como yo tendría la mínima intensión de parecer humano en esta podrida ciudad.